Un stalker te observa

El seguimiento y hasta el acoso de personas por internet ya es una práctica casi habitual. Los stalkers –espías cibernéticos– deambulan entre la curiosidad máxima y el delito.

stalker

Internet es lo que Google refleja, lo que él quiere que el usuario vea, de acuerdo al resultado de su búsqueda. Este acto reflejo que realiza esta compañía determina una visión monopólica de observar, comprender e interactuar en internet. Pero esta secuela alberga sólo un 10% de la información que está dentro de la Web y lo que emerge desde el otro 90% es un mundo (casi) desconocido para la sociedad mundial.
El usuario, al sentarse frente a su computadora no percibe el miedo, la violencia, el aroma nauseabundo de lo ilegal, el stalker al acecho. Pero está. Oscuridad; sitios que emanan desconfianza; calaveras y huesos rotos; piratería; narcotráfico; terrorismo; pedofilia y porno por doquier. El escenario que presenta lo que Google decide no visibilizar es todo un terreno subterráneo. Un ciudadano común sabe con qué se puede encontrar debajo de la tierra –alcantarillas, redes cloacales, roedores, etc– pero, al no percibir ese campo, no lo afecta. Y cree que “arriba” está bien, porque no comprende que lo de “abajo”, en algún momento puede generarle un peligro hacia su persona o el medio ambiente.
Juan mira la televisión con el control remoto en su mano derecha y un vaso de gaseosa en su mano izquierda. Está sentado en el sillón favorito del living de su casa. Parece tranquilo. Su cara no expresa mucho más que la de un joven viendo un partido de fútbol. Cada 5 minutos mira su celular. No suena, no se ilumina, no hace absolutamente nada. Pero él lo mira, le pide una señal de vida. No necesita ver la hora porque no tiene nada relevante que hacer y, en todo caso, frente a sus ojos tiene un gran reloj de pared.
El celular se ilumina. Era un mensaje de una aplicación. Era el dato que a su vida le faltaba. Era un informe de datos, de movimientos de otra persona. Automáticamente encendió su notebook. Su pie izquierdo no paraba de golpear el suelo y provocar un compás molesto. Respiraba más rápido que cuando estaba sentado. Era evidente que no eran buenas noticias. Abrió su Twitter. Revisaba –espiaba– el perfil de “Agostina” y su cara mutó por completo. Es un stalker.
Un stalker es una persona que, por su personalidad obsesiva y compulsiva, necesita ocupar un tiempo considerable –y no solo de su ocio– para observar, espiar y seguir los movimientos de otra a través de internet. No se limita a googlear, o a indagar en las redes sociales, sino que busca en toda la red o donde crea que encontrará información.
“Cualquier persona, dependiendo de un cambio en su situación cotidiana –un desamor– puede tener esta conducta; pero irán más allá quienes traigan consigo características obsesivas de personalidad. No pueden parar de chequear la vida y la actividad detallada de esa persona. En otras palabras, viven su vida a través de la vida de otros”, explicó un psicólogo que decidió preservar su identidad.
Mañana fría en Capital Federal, pero de esas en que al mediodía el destino de la campera no está asegurado: si en la mano, si en la mochila o si debía quedarse en casa. Rodríguez Peña al 400; allí quedaba la oficina de Informática Legal, una empresa que informa, capacita e investiga sobre Internet. Su director general, Miguel Sumer Elías –pelo corto, semblante confiable, voz resonante– es abogado y sabe todo sobre el derecho informático.
“En internet, en la mayoría de los casos, los riesgos son imperceptibles, son incoloros, inodoros, insípidos”, sostuvo Miguel. Es el puntapié inicial para delinquir.
A un punga o a un ladrón de carteras se lo suele identificar –en general– por el sentido de la vista. Ellos caminan despacio, observando todo a su alrededor. Miran seguido hacia atrás, miran hacia los costados. Buscan. Olfatean. Son auténticos perros de caza. Cuando localizan a una víctima, atacan. Y la señora que camina por Córdoba para tomarse el Subte D, por medio de la vista puede prever –a través de un prejuicio discriminatorio– si ese individuo de movimientos sospechosos es un delincuente. En internet, esa línea que divide la paja del trigo es imperceptible.
–¿Qué es un ciberdelincuente?
–Un cibercriminal o un ciberdelincuente es aquel que comete un delito valiéndose de herramientas informáticas o atacando datos o sistemas –dijo Sumer Elías.
Si un stalker, por ejemplo, avanza en su curiosidad y logra acceder a las redes sociales, a los mensajes de whatsapp, a los mails de su víctima, es un ciberdelincuente.
El abogado y docente en el Posgrado Estrategias en Negocios Digitales en la Universidad de Palermo explicó que existía un delito que se llamaba acceso ilegítimo de datos o sistemas –Código Penal, articulo 153 bis– y que la pena era ridícula porque sólo sancionaba con prisión de 15 días a 6 meses. “Es excarcelable. Esa es la legislación que tenemos”, sentenció el director de Informática Legal.
El vacío legal es claro. Las denuncias a las redes sociales tardan meses… años. Y los espionajes, los acosos, los hostigamientos o las difamaciones, continúan.
La conducta de un stalker, propia de su personalidad obsesiva y hasta compulsiva, deriva en el seguimiento y –en algunos casos– el acoso de personas a través de las redes sociales, en medio de un vacío legal a nivel mundial y, sobre todo, argentino.
El término “stalker”, en inglés, significa acosador. En la era digital, gran parte de las actividades cotidianas se comparten a través de las redes sociales. Facebook, Twitter, Badoo o Instagram reúnen una inmensa cantidad de información personal que los usuarios distribuyen –voluntariamente– a sus “amigos”, seguidores o suscriptores.
Así, se puede conocer (casi) todo de una persona: sus gustos personales; sus pasiones; sus amores; sus odios; su ideología política; cómo piensa; qué le gusta comer; cómo está compuesta su familia; si viaja al exterior; si paga en efectivo, con débito o crédito; si cobra su sueldo en tiempo y forma –y hasta cuánto gana. De este modo, Internet es un espacio propicio para el stalking o acoso cibernético. Y en otros casos, el área en el que el pez deja de morir por la boca y ahora “muere” por su prosa.

De la obsesividad

–¿A dónde vas esta noche que no podés venir a casa? –preguntó Noelia con intención de herir sentimientos pero enmascarando de inocencia el cuestionamiento.
–Eh… –titubeaba– voy a la casa de Gonza. Viste que el domingo pasado fue el cumpleaños y no nos juntamos –respondió Francisco, inquieto, movedizo, rascándose la cabeza y suspirando al terminar la frase.
–Ah, perfecto –respondió desconfiada–. Bueno, cuidate. Y portate bien ¿eh?, mirá que te estaré vigilando…
“Te estaré vigilando”, dijo Noelia con la certeza de quien tiene todo controlado y con un tono sumamente amable que desnuda el principio de una broma. Era un diálogo entre una típica pareja de 23 años que conoce la oferta y la demanda de las pasiones sin remordimientos.
Esa frase en gerundio –tan penetrante, tan dictatorial– resonó por unos minutos en la cabeza de Francisco. “¿Será cierto que me vigila?”, se preguntó. Pero el mensaje de Whatsapp que le llegó a su celular le alejó esos pensamientos teñidos por la desconfianza. “Te extraño. Te amo”, sentenciaba la pantalla táctil del teléfono. Ese amor no anulaba una posible persecución. De hecho, la reforzaba.
“Me enteré que mi novia de ese entonces me espiaba porque era imposible que aparezca en boliches o bares donde ella con sus amigas jamás iría”, pronunció Francisco con tristeza. Además, aclaró que los días viernes, cada uno los pasaba con sus respectivas amistades, y que desde un primer momento la relación había funcionado así.
Noelia y Francisco son el reflejo de esta sociedad 2.0. Recelos, sospechas, suspicacias, inseguridades, resquemores; sinónimos del escepticismo virtual en el que se vive. Se conocieron hace tres años y medio a través de la red social Facebook. Fueron novios durante dos años y medio. Ella trabaja en una tienda de ropa como empleada y estudia Relaciones Públicas. Él busca recibirse de licenciado en Alto Rendimiento y no trabaja, solo estudia –y entrena.
La obsesividad de Noelia condenó la relación. Como un stalker de libro, aprovechó que su novio utilizaba la red social Foursquare –se basa en la geolocalización para la web y dispositivos móviles de amigos– para saber dónde estaba, a qué boliches iba, ya que, era una relación normal, pero con “viernes permitidos”. Implícitamente, Noelia nunca aceptó esa condición del vínculo amoroso.
El juego era simple: juntada de amigos por un lado y de amigas por el otro. A veces en bares o restaurantes, y otras ocasiones en la casa de algún compañero de fiesta. Francisco solía olvidarse de enviarle un Whatsapp a su novia, –por despistado, aseguraba él–, y se lo enviaba alrededor de la una de la madrugada. Esto a Noelia le irritaba. Ella –generalmente en Núñez– no le iba a enviar nada a él, porque creía que era su responsabilidad decirle “Está todo bien. Ya nos vamos para Costanera…” Pero lo stalkeaba, y sabía con qué chicos y con qué chicas había hablado para decirle un “Nos vemos en Mandarine!”. Ella odiaba los boliches multitudinarios. Su cabeza volaba. Su corazón estallaba en mil pedazos al leer eso que no eran más que palabras comunes. No había en ellas un engaño latente. Y sus suposiciones nunca las confirmó in situ, porque Francisco la dejó la tarde de un sofocante enero, justo antes de irse de vacaciones con sus amigos.

De los controles

En Mercado Libre se puede encontrar de todo: desde mascotas, celulares y tornillos hasta software para espiar personas. Se venden como si fuesen algo común pero con una determinada distinción, como una remera de la selección Argentina de fútbol autografiada por Messi. Sus precios oscilan entre los setecientos y los dos mil quinientos pesos. No existe legislación –el vacío legal antes mencionado– para regular la comercialización de estos productos que facilitan el ciberespionaje, aunque su uso puede ser graciosamente penado.
Agostina es una chica de barrio que está enamorada de Juan, su novio. Con 17 años, vive su vida con la responsabilidad de alguien mayor. Está terminando el secundario –tiene ganas de ser médica–, le gusta jugar al tenis y pasar algún tiempo libre en las redes sociales, precisamente en Twitter, su red preferida. “Twitter es lo más. Me cambió la vida”, dijo.
A Juan lo conoció hace 6 meses en una fiesta privada. Es del barrio y tiene su misma edad. Y él también usa mucho Twitter. Sigue a muchas personas –la mayoría no conoce– y casi la misma cantidad lo sigue a él –generalmente esos mismos individuos que él sigue.
Es una relación de lucha constante. Peleas, amor, salida, peleas, distanciamiento, amor, rencor, peleas. Ninguno sabe lo que quiere realmente –ni de él, ni del otro. Pero Juan siente más que Agostina. Juan la stalkea –compulsivamente. Juan viola su privacidad.
Lento en los deportes –nunca le gustó practicarlos–, rápido en el amor. Con sus 17 años tuvo 5 novias. Todas le duraron menos de siete meses. Pero Agostina le movió el piso. No sabe porqué, pero está fascinado. En Twitter escribe, habla, canta y llora por ella.
Una mañana de abril Juan sabía que no iba a ir al colegio. Se despertó, desayunó café con leche y tostadas con manteca y dulce de leche, se bañó y salió. Tenía 50 minutos desde Lomas de Zamora hasta microcentro. Aún no convencido de su accionar y con novecientos pesos que sacó de sus ahorros debía retirar un “Software de Seguridad Personal”. En realidad, era el software para espiar a Agostina.
Su funcionamiento es muy simple: instalando el software en el celular destinado se podrá generar el monitoreo del celular desde cualquier computadora o smartphone de tecnología avanzada. Permitirá interceptar y/o grabar llamadas en su equipo, ubicar en el mapa al celular rastreado gracias a un GPS incorporado, recuperará el historial de mensajes de texto, grabar audio en ambiente, controlará la agenda de contactos, seguir el historial de navegación por internet y accederá al control en algunas redes sociales (Facebook y Twitter). Su instalación necesita tener al celular en cuestión, no se puede realizar a distancia. Y, según sus vendedores, no deja huellas.
Agostina suele twittear que está feliz o triste; que tiene hambre o comió mucho; o que la vida la ayuda o le da la espalda. Y sabe que a veces Juan la stalkea:
–¿Sentís cuándo alguien te stalkea?
–Me doy cuenta porque me retwittean o “favean” cosas muy viejas y sólo leyendo mis twitts es posible hacerlo. O sino, después, cuando hablo con Juan, me doy cuenta de que estuvo stalkeandome.
–Claro, pisa el palito…
–Si. O también por la manera en que me trata o capaz tira una indirecta de algo que yo puse.
Sin embargo, el stalker deja huellas. Mira sus twitts viejos y no sólo los retiene en su memoria, sino que los marca para que Agostina lo sepa –es muy probable que sea sin intención. Visibiliza ese stalkeo que no tiene una connotación puramente negativa. Para Agostina, simplemente Juan le revisa sus twitts. Para Juan, Agostina era todo.
“Las redes sociales permiten suspender la distancia con el otro. Te hacen sentir un ‘Estamos conectados’. Pero justamente la existencia de la herramienta tecnológica es lo que permite a que una persona se anime a hacer lo que nunca hubiese hecho”, contaba el psicólogo anónimo.
Es común que entre los jóvenes se llamen entre si “stalkers”, pero su significación es mucho más naif. Si revisan los twitts de otra persona en la que su configuración de perfil es “pública”, no estaría violando el Código Penal –artículo 153 y 153 BIS–, ya que esa información no era restringida. No significa que no sea stalker. Es un stalker que no comete un delito.

De los amores que no se olvidan

Sofía y Matías fueron amigos de toda la vida que, por esas necesidades de la vida humana, se convirtieron en novios en el 2008. De antemano, parecía una pareja para toda la vida. La simpleza y la humanidad de él, la energía y el carisma de ella. Se complementaban muy bien. Eran felices –parecían felices.
En toda relación es muy difícil establecer qué pasa puertas adentro. La reputación suele cuidarse mucho en público. “No me hagás esta escena acá” o “no discutamos en la calle” pueden ser algunos ejemplos. Sofía y Matías hoy tienen 23 años y se convirtieron en ese grupo de personas que rompen una relación de años y no se ven más, aunque una de las partes tenga ganas. Terminaron su relación en el 2012.
Era una pareja que le daba bolilla al “qué dirán” –más Sofía que Matías. Ella no tenía ni Facebook, ni Twitter, sólo usaba el MSN y su mail. Sin embargo, Matías si tenía Facebook –y Sofía no podía aguantar eso.
–¿Por qué no tenías Facebook?
–Porque tenía miedo a la aceptación de la otra persona. Me podía joder que la otra persona me rechazara –se detiene, recuerda y se acongoja–, y no me gustaba la idea que la gente se entere con quién yo hablaba, quiénes eran mis amistades y demás.
–Sin embargo, tengo entendido que estabas al tanto de Facebook, lo usabas…
–Si, entraba desde la cuenta de Matías, él me dio el correo y la contraseña.
Sofía tiene una personalidad pseudo avasallante, aunque con contradicciones psicológicas. En la relación se sentía insegura y, sumado a su personalidad obsesiva de querer controlar todo, de saber todo, derivó en que stalkee a su novio –revisándole el celular cuando él no estaba– y su propio Facebook –lugar al que Matías le abrió la puerta y la heladera. Sofía suele ejercer un control (casi) total. Ella puede estar en la facultad, vivir tranquila… pero se acuerda de su novio y necesita saber qué hace, con quién está…
Ella no siempre dudó de la fidelidad de su novio, pero poco a poco su obsesión le iba ganando terreno. Ella tenía motivos suficientes para desconfiar de él –se conocían desde pequeños y los antecedentes amorosos lucían a cara descubierta. Las preguntas como “¿Por qué te sacás fotos con ella?”, “¿Quién es esa del laburo?”, o “Mirá como te abraza esta, quién es?”, empezaron a molestarle. Hasta que Matías estalló. Sintió tal invasión a su privacidad producto del stalkeo constante que decidió cerrar su cuenta de Facebook. Y la pareja comenzó a tambalear. No era la decisión que Matías quería, era la consolidación de la victoria de Sofía.
No era un stalkeo característico el que ejercía Sofía. Ella se sentía mal por todas esas charlas o imágenes que veía y que no representaban una infidelidad. La duda comenzaba en su cerebro –y en el pasado de Matías. Vivía su vida a través de la de Matías. Sus emociones cambiaban de acuerdo a lo que veía o creía ver.
La stalker descansó por unas semanas. Se sintió bien. Pero los conflictos continuaron –peleas en bares, en boliches, en reuniones de amigos– y su obsesión también. Lo que ella había visto en Facebook aquella vez –una foto con una compañera de trabajo– le perturbó su cabeza. Las dudas continuaron y, entre llantos de amor, la pareja decidió terminar el infierno que vivía.
Los stalkers no son ni buenos ni malos. Son… eso. Depende del uso que le des a las redes sociales, de lo que escribas en ellas, de la seguridad de tu máquina, de la privacidad que manejás y de tu olfato para entren a tu vida –como conocidos o desconocidos. Son sólo un ejemplo del mundo ¿desconocido? que es internet. Los stalkers –espías cibernéticos, curiosos peligrosos, ex parejas despechadas, pseudo hackers, pedófilos– llegaron, están entre la sociedad cibernética. ¿Cuánto tardarás en abrirles o cerrarles la puerta?

DMA.-

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Acerca de Darío Medina

#Comunicación #Cultura #Locución #Periodismo #CulturaDigital #Jóvenes #RedesSociales #Twitter #Fútbol #Tenis
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