Dar no siempre es dar

La impresionante colaboración del pueblo argentino hacia los damnificados por la inundación no es una novedad, no causa asombro a esta sociedad porque con un poco de memoria se llega a recordad la ayuda a los combatientes de Malvinas, la tragedia de Tartagal o las inundaciones en Santa Fe, por dar algunos ejemplos.

Pero ¿qué sucede que la gente es la que se pone los pantalones largos para afrontar estas medidas? ¿Dónde está el estado nacional?

Costaría un poco más de tres meses para realizar una investigación profunda sobre el accionar argentino. Una verdadera revisión histórica en los tópicos que los habitantes del suelo argentino sería una buena forma de comenzar. Pero se puede comenzar por algún punto…

El ser nacional argentino, forjado entre raíces campestres y de inmigración, hicieron de él un sujeto calificado como “soberbio” por la mayoría de las comunidades del mundo. De hecho, Alejandro Grimson en su libro “Mitomanías Argentinas” comienza con el mito “La Argentina es un país europeo”.  Esa creencia, ese ideal, está presente. Pero a la vez el ser nacional argentino –y también latinoamericano – fundó una conciencia nacional muy distinta a Europa o Estados Unidos. Como el sociólogo, Hernández Arregui, escribió en “¿Qué es el ser nacional?”, “La cultura de la América Hispánica es la articulación de dos culturas, la española y la gauchesca”.

¿Acaso los argentinos no se cansan de ver películas o leer comentarios de europeos o norteamericanos de son vecinos que ni siquiera se conocen, nunca se saludaron, no saben dónde vive cada uno? En Argentina la mayoría de sus habitantes vive con y entre vecinos. Para algunos, las grandes amistades provienen de relaciones vecinales. Las de amor, también.

 Por cadena nacional –a las 20 horas-, la presidente Cristina Fernández anunció beneficios a los damnificados de la ciudad de La Plata, sus alrededores y la Ciudad de Buenos Aires –y estuvo bien. A los jubilados y pensionados que cobran el mínimo se les otorgará por única vez un monto adicional equivalente a dos jubilaciones mínimas, es decir, $ 4.330. En cuanto a la Asignación Universal por Hijo y por embarazo, durante tres meses se duplicará el beneficio y se cobrará $680. Y también por tres meses, se duplicará el monto -de la gente que recibió daños por las inundaciones- por asignación familiar, y se dará una “prestación adicional” de $1.065 a quienes perciben seguro de desempleo.

 Sería otro análisis pensar por qué suceden estas catástrofes climatológicas o qué no se hizo –políticamente hablando- para que ocurra esta tragedia… El diario Clarín publicó el sábado 6 de abril de 2013 que  era “Una tragedia anunciada”. “La Plata se inundó 4 veces en 8 años y se desoyeron los alertas”, enunció el periódico enemigo del kirchnerismo. Aunque esta declaración tiene una clara connotación tendenciosa que busca agigantar los fallos del gobierno de la actual presidente, queda a la vista que este gobierno tiene tanta responsabilidad como todos los anteriores.

 Este accionar del gobierno nacional queda enclenque con lo que realmente podrían hacer. Se podría –y lamento el potencial- sacar plata del Fondo de garantía de sustentabilidad, porque está para eso.

O quizá se podría quitarle un mes de sueldo a todos los legisladores, diputados, ministros, gobernadores y jueces de todo el territorio nacional…

 Es lamentable que siempre la pague el pobre. Porque si le sucede a los pudientes, tienen recursos como para solventar las perdidas materiales. Zygmunt Bauman, sociólogo polaco y uno de los pensadores más influyentes de estos tiempos, en su libro “Desigualdades sociales en la era global”, explicó que “existe una afinidad selectiva entre la desigualdad social y la probabilidad de transformarse en víctima de catástrofes, ya sean ocasionadas por la mano humana o naturales”. El pobre no tiene escapatoria, no tiene consuelo. El pobre pierde todo, pero en esas ocasiones se da cuenta que no está solo, que hay muchos en su misma situación y que hay familias de una clase más elevada que él, que también está en esa situación. Porque claro, las catástrofes no son selectivas o clasistas, y pueden golpear a cualquiera.

“El huracán Katrina que azotó a Luisiana –Estados Unidos- en el 2005, dio la posibilidad por un “anticipo del servicio meteorológico” a la gente rica de escaparse, (…) dejando en ruinas a los más pobres, a aquellos que no se pueden escapar y dejar sus únicas pertenencias, y nadie se las compensaría: una vez perdidas, esas cosas se perderían para siempre junto con los ahorros de toda la vida”, escribió Bauman en el libro ya mencionado.

 Por otra parte, el economista Martín Lousteau escribió en su libro “Economía 3D”, que “los costos de las crisis no son pagados en forma similar por todos los estratos sociales. Los sectores más acomodados suelen tener distintas herramientas que les permiten ponerse en resguardo: poseen ahorros en dólares (…), son dueños de su propia vivienda y tienen un nivel de educación que les otorga trabajos en blanco y la posibilidad de negociar mejor su salario cuando hay inflación”. Además, Lousteau explica que en 1975, el ingreso promedio del 10% más rico de la población argentina era 10 veces superior al del 10% más pobre. En 2002, en el peor momento de la crisis, esta relación pasó a ser de ¡45 veces! Hoy es de 23, mucho menor que la escandalosa cifra alcanzada con la última crisis pero aún muy por encima de lo que fue en el momento de mayor equidad en el país”.

 En conclusión, sin un verdadero combate de la desigualdad social sería muy complicado resolver cualquier tipo de asunto político-económico o cultural. Porque las catástrofes climáticas, lamentablemente, no van a cesar. Y el pueblo está para recibir los derechos mencionados en la Constitución nacional, no para garantizarlos.

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