Crecer al ritmo de la suplementación

En los gimnasios se combinan suplementos y esteroides, de acuerdo a las necesidades de cada individuo. La frontera entre lo permitido y lo prohibido se vuelve difusa en un terreno totalmente estético.

drogas de gim

El Tríbulus de Universal –una empresa de nutrición estadounidense– viene en 100 cápsulas de tres centímetros color marrón. Tienen aroma a comida balanceada. El algodón que las cubre también se ha contaminado de ese olor. Sus indicaciones están en inglés y la letra ‘I’ de “Universal” la compone un hombre musculoso pintado de rojo que levanta sus brazos y los cierra a la altura de su cabeza para dejar ver sus bíceps.
En Longchamps, los gimnasios venden suplementos deportivos y medicamentos con total libertad. La restricción es nula, y hasta algunos consumidores saben quién es el proveedor que las trae de laboratorios clandestinos, de farmacias amigas o de hipódromos, cuando al consumidor ya no le resulta los productos más conocidos. La salud debe ser siempre monitoreada por profesionales, y más en estos casos donde de dan al cuerpo sustancias que no necesita por una conveniencia estética.
La Av. Hipólito Yrigoyen está dividida en cuatro carriles. Desde todos sus ángulos se puede ver la gran publicidad de “Molécula”, el gimnasio de la pareja fisicoculturista Miguel Luna y Susana Alegre. “Centro de estética, cafetería y salón de Spinning” sobresalen desde el centro del cartel negro ubicado en el primer piso. Sin embargo, ese letrero también tiene inscripta con su característico isologotipo la palabra “Mervick”, que es una empresa nacional dedicada a la venta de suplementos nutricionales deportivos.
No todos los gimnasios son iguales y no cualquier persona puede asistir al gimnasio que quiere o desee. Aunque parezca imperceptible, cada centro de musculación da indicios de qué tipo de gimnasio es, desde la estructura, las imágenes y los profesores.
En Full Training, ubicado en el centro de Longchamps, al subir las escaleras hasta el segundo piso aparece la imagen de un corredor que está de espaldas, y sólo entran en cuadro sus marcados gemelos. Al terminar de subir los 8 escalones restantes, la foto de un hombre con el torso desnudo, sin un gran volumen de sus músculos, pero si marcado. Es la única imagen del mostrador, que sobre el mismo se encuentran los horarios de las distintas actividades que se dan –taekwondo, boxeo, spinning, danza aeróbica– y los aranceles.
Las drogas de laboratorio en los gimnasios son moneda corriente. “El stanozolol es lo que más se vende por los resultados que da”, dice Gonzalo Duffy, profesor nocturno de Full Training. Explica que el que más se comercializa en Buenos Aires es el “Stanozoland”, un esteroide de industria paraguaya, que en su caja dice “Venta bajo receta” y es realizado por Landerlan.
Sebastián “Paponia” mide un metro sesenta y pesa casi 70 kilos. Sus ojos celestes no llegan a visualizarse porque siempre usa gorras deportivas. Parece que las remeras las compra muy pequeñas, pues apenas entra su nueva figura en ellas. Él siempre fue flaquito, fue a todos los gimnasios de Longchamps y nunca encontró resultados, hasta que llegó a Full Training y tomó stanozolol italiano.
–¿Qué te llevó a tomar esteroides?
–El hecho de verme flaquito. Siempre igual, nunca tenía resultados. Hasta que a los veinticuatro años probé y me dio resultados –dice “Paponia”, sentado en el banco plano y dispuesto a levantar 80 kilos de pecho con la barra olímpica.
–¿Cómo te sentís ahora?
–Y… con mucha más fuerza, crecí, me siento con presencia. Pero bueno, ¡ahora quiero más!
“Quiero más”, dice “Paponia” y denota su principio de vigorexia, una enfermedad no reconocida como tal por la comunidad médica internacional pero que tiene un comportamiento claro: aquellos que la padecen se perciben de manera distorsionada, con trastornos en su comportamiento producto de verse más pequeños de lo que realmente son. Se obsesionan con su cuerpo y necesitan ejercitarse para mejorar su aspecto corporal pero nada los satisface, siempre se ven más pequeños y quieren más.
Para Matías Bordenave, profesor y encargado de Full Training, la mayoría de los socios que tienen pensado agrandarse por vías no naturales, no lo blanquean rápidamente. “Son pocos los que dicen: quiero tomar, ¿tenés?”, dice Matías desde su silla mientras atiende a los pocos socios que asisten un jueves lluvioso a las nueve de la mañana.
Matías tiene una teoría: del gimnasio y del profesor depende que sus abonados ingieran drogas naturales/sintéticas para mejorar su condición estética. Él explica que hay gimnasios que son para eso, los denominados “fierreros”, en donde no importa romperse el brazo o los riñones. Nada importa, solo ser gigantes. Y que, además, depende del profesor, instructor o quien esté a cargo. “Hay profesores que te sugieren que tomes tal o cual cosa porque ellos sacan una diferencia con eso. Es parte de lo que ellos denominan laburo”.
“Acá, un fierrero o un patova se va en dos minutos”, analiza Gonzalo mientras observa y señala los pesos, las distintas cargas que puede contener una barra, el peso máximo de las mancuernas y las máquinas.
Es por ello que existe la diferencia entre gimnasios fierreros y gimnasios más familiares. En los primeros todo es más rústico, más del “todo o nada”, donde no importa la salud, solamente lo estético.
Mariano acaba de buscar un Gainer Complex –de Mervick-lab– que le dio su entrenador. Lo pagó trecientos pesos –Gonzalo Duffy dice que el proveedor suele pagarlo ciento veinte, ciento cuarenta pesos, no más. Estos suplementos –en este caso, un Gainer sabor vainilla con una alta densidad nutricional para ganar peso– no están considerados como “ilegales” ni mucho menos, pero su utilización está pensada para patologías concretas o personas desnutridas.
Para Jimena Fernández, Lic. en Nutrición, estos batidos son muy peligrosos. “En los gimnasios te venden los batidos o los ganadores de peso como nada. Te lo dan porque sube masa muscular pero te dañan los riñones, y en ningún gimnasio te piden un análisis de sangre”, protesta Jimena desde su casa.
10 de la mañana de un lunes sin sol. Matías Bordenave toma mates con un alumno que llegó temprano con unas facturas –que ya quedan tres. De fondo suena Elizabeth Vernaci. Se escuchan algunos ladridos desde la planta baja. En eso, sube una chica flaquita de unos veinte años con unos jeans, una remera blanca y botas. Saluda con un “hola” y automáticamente dispara:
–¿No tenés testosterona, creatina o triacana?
–No. ¿Para qué? –dice Matías, sorprendido por la pregunta a tal punto de golpearse la cara con la bombilla del mate.
–Ah, es que mi novio prepara perros para cazar y necesitaba ahora –lanza la chica sin pudor–. Bueno, ¡chau! –Y baja rápidamente las escaleras que tenía a dos pasos.
–¿Qué está pasando? –preguntó Matías a su alumno.
“Paponia” –bien ganado su seudónimo– es solo un representante del vigorismo, hay muchos más escondidos por ahí. Él se mira al espejo, marca su tríceps con el brazo hacia abajo y extendiéndolo completamente. Se levanta la remera y lo toca, lo exhibe mientras le pide a Hernán, su personal trainer y profesor vespertino de Full Training, el próximo ejercicio, que lo necesita ya porque tiene muchas energías. Su comportamiento no se ve alterado producto de la ingesta de esteroides. No obstante, a veces los rasgos no están a la vista. “Si falto un día me quiero morir, siento que me desinflo, me siento culpable. No, es horrible”, confiesa “Paponia” con voz aguda y poco cuerpo, quizá propia del cuerpo que tenía tres años atrás. Ese sentimiento responde a la vigorexia.
Nicolás hace 8 meses que va al gimnasio. Sus brazos están trabajados al igual que su pecho, que nota tonificado. Sin embargo, sigue siendo delgado y quiere cambiar esa imagen. “Tampoco quiero ser gigante”, dice Nicolás sentado sobre el banco Scott. Él nunca pensó en suplementos ni esteroides pero ahora sus pensamientos lo apresuran.
–¿Por qué te sentís flaco si estás marcado, estás bien?
–Porque me veo así hace tres meses. Me estanqué, no puedo subir los pesos, es como que no tengo fuerza. Entonces pensé que necesitaba alguna ayuda –dice Nicolás al levantar su manga del brazo derecho y mirarse cómo está.
–¿Entonces?
–Le pedí al entrenador que me traiga algo. No sé con qué aparecerá, pero ya le pedí –sentencia Nicolás con seguridad.
Hay profesores que trabajan con hipertrofia temporal –aumento del tejido muscular–, que dura dos horas por el líquido que contiene el cuerpo. “Yo uso mucho la hipertrofia. Después de matarlos, los motivo, porque considero que la motivación es fundamental. Una vez que terminamos los llevo al baño y que se levanten la remera y se miren. Se van a ver más grandes, naturalmente”, explica Gonzalo, quien prefiere las vías naturales del fitness pero, a veces, recomienda pasar por el nutricionista, tomar al gimnasio como una disciplina y, si todo está bien, consumir algún ganador de peso. Eso si, para él, los 6 huevos por día tienen que estar si o si.
El consumo de esteroides o batidos es responsabilidad de los gimnasios, los profesores y los consumidores. Sin embargo, “Paponia” está feliz porque se mira al espejo y se ve grandote –porque tiene hipertrofia en su tríceps y en el pecho. “Yo me estoy controlando, todos los años me hago análisis”, dice como si nada estuviera mal. La realidad marca que el proveedor es el malo de la película. Todos lo conocen, nadie hace nada.

DMA.-

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Acerca de Darío Medina

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